Opiniones y Editoriales

El Diario de Atenea

La mujer de nadie

Ser una mujer del nuevo milenio, trae sus cosas positivas y a la vez unas no tanto. Especialmente cuando combinamos eso con el hecho de ser una Latina de segunda generación en este país.

Desde una temprana edad, yo supe que mi futuro, especialmente mi vida amorosa no iba a ser nada fácil. Al observar las expectativas hacia las mujeres latinas y mirar como casi la mayoría, si no todas, no se llevaban con mi personalidad como persona individual.

Primeramente, la mujer Latina e dentro de estas expectativas “pertenece en la cocina”. Como hispanas, las mujeres somos consideradas una especie de cocineras personales como que, si nosotras tampoco no llegamos a la casa después de una larga jornada de trabajo, ya sea afuera o dentro de ella, refiriéndonos a las amas de casa, con hambre insaciable como los hombres.
No me malinterpreten, en esta época de mi vida, creo que el cocinar es un tipo de arte, me encanta, claro, cuando tengo tiempo. Sin embargo, la simple idea y sentimiento de que somos las sirvientas de los hombres machos, jamás me agradó. Nosotras las mujeres merecemos que nos cocinen también.

Otro factor que pensé y sigo pensando que es denigrante para la mujer latina es la expectativa de ser estrictamente virginal. Tampoco estoy promoviendo la promiscuidad, pero el énfasis de que el valor de una mujer solo se encuentra en una parte especifica de su cuerpo, me hace sentirme decepcionada de mi cultura de una forma u otra. Especialmente cuando miro que muchas mujeres se “guardan” hasta el matrimonio y muchos de estos esposos machistas de todos modos les faltan al respeto, ya sea cambiándolas por mujeres más “liberales”, o simplemente engañándolas una o dos veces al mes.
Y lo peor de todo, creo que eso es la expectativa de que uno tiene que ser sumisa para poder conseguir un marido, el quien es lo único que le brinde un cierto tipo de “honor” a una mujer, sin importar que muchas de esas mujeres que tratan y tratan de caber en todas las expectativas, sufren de violencia tanto como física y emocional.

No sé si era mi rebeldía de juventud, o talvez que era de esas personas que se les consideran intelectualmente más maduras que las muchachas de su edad, pero yo siempre me dije a mi misma que jamás dejaría que mi dignidad como mujer se amoldaría a las expectativas de una sociedad machista.

Recuerdo que todos estos pensamientos empezaron en mi subconsciencia a la edad de 15 años cuando mi primer novio me propuso matrimonio con anillo y todo. En el momento de la propuesta, lo acepte, pero algo dentro de mí me decía que mi vida junto a él, y en especial por mi tan corta edad, no iba a ser muy agradable que digamos. Y decidí mejor seguir soltera, mi juventud perteneciéndome a mí misma.
Hasta el día de hoy, me sigo considerando una mujer que no le pertenezco a nadie, en el sentido de que a la fuerza tengo que sacrificar mi personalidad con exigencias absurdas para ser una mujer “honorable” dentro de la sociedad. Para el tipo de espíritu que tengo, eso sería un precio muy alto. Siento que si dejaría pasar eso, me convertía en la misma persona juiciosa de la que me estoy refiriendo.
No se las demás, pero no como mujer, si no como ser humana, como respuesta a estas exigencias de la sociedad a mi persona, yo le exijo a la sociedad que no pida nada que no esté a cambio de también contribuir. Ese ha sido mi estándar de vida, ya sea en mi vida amorosa o personal.

Como mujer de nadie, no quiero reducirme a ser inferior a ningún hombre para ser presa fácil de abuso. La mujer no es propiedad del hombre, es propiedad de Dios, así como el hombre, y juntos nos complementamos, no nos adueñamos el uno al otro, ni nos poseemos, ni nos pertenecemos…

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