Opiniones y Editoriales

El Diario de Atenea

El verdadero
regalo

Una de mis frases favoritas es la de “hacer el bien, sin mirar a quien”, y que tiempo más relevante para darle definición a este dicho que las épocas navideñas.

Recuerdo que cuando era niña, mi momento favorito de la noche buena era cuando se llegaban las 12 de la media noche, porque eso significaba que era hora de abrir los regalos bajo el arbolito lleno de luces.

Aunque aun me siento agradecida cuando se me da un obsequio, el tiempo le ha dado un nuevo significado a la navidad.
Me recuerdo que cuando empecé uno de mis primeros trabajos, conocí lo que se siente estar al otro lado de recibir; el dar.

Mi pecho se llenó de tanta euforia tener la oportunidad de poder brindarle a mis familiares una sonrisa, aunque fuera con unos simples pares de calcetines.

A través de los años, he aprendido que yo al igual que cualquier persona, tenemos el don de poder aportar algo a nuestros seres queridos, a nuestra comunidad. Tenemos la bendición de poder regresar un poco lo tanto bueno que la vida nos da en abundancia.
Muchas familias, en la navidad, hacen intercambios de regalos, y otras familias piensan que eso no es necesario porque lo material no se compara con el amor y el cariño.

Personalmente, estoy de acuerdo con las dos cosas. Creo que principalmente en cualquier celebración, la familia, compañía y amor es lo primordial. Sin embargo, el poder tener la oportunidad de obsequiar algo, es tan lindo.

Soy de las personas que me gusta regalar ya sea un abrigo, una joya, maquillaje, una tarjeta navideña, cosas por el estilo. El precio no necesariamente tiene que ser un ojo de la cara, pero tampoco lo contrario.

Cuando doy un regalo lo hago no porque eso es lo que se hace socialmente en este país, o porque me siento obligada, si no porque me nace del corazón.

Para ser más específica, el dar un regalo a alguien, es un símbolo de que quiero que esa persona se sienta importante, no por el hecho que gaste mi dinero en el o ella, si no que puse mi tiempo y pensamiento en un regalo que haga sentir al niño o niña de esa persona un poco de la euforia y felicidad que yo sentía en mi niñez. De recordarle que es una persona merecedora y valiosa, más allá de lo que cueste el regalo que le estoy brindando.

Un regalo lleno de intención pura y amor no tiene precio, independientemente del valor material de este. Ya sea una joya brillante, o una simple flor, el valor que realmente lo respalda, el amor, es lo que cuenta.

Esto puede ser para personas que amamos en nuestra familia, o personas desconocidas. Hace poco, cuando sacaba dinero de la caja automática de mi banco, había una señora mayor, quien me recordó a mi abuela, pidiendo limosna al otro lado de la calle.
Me deje guiar por mi corazón y camine directamente hacia ella y al estar enfrente de ella y le di un billete de cinco dólares. Sin dudarlo, la señora me extendió sus brazos con lágrimas en los ojos, y yo le respondí con un abrazo del corazón.

En ese momento, no me importó en lo que la señora potencialmente gastara ese billete. Lo importante es que ambas nos dimos algo que no tiene precio. Las dos pudimos manifestar el propósito por el cual Dios nos puso a ambas en esos lugares. Y para recordarnos que el regalo más verdadero y puro es la bendición de tener los medios de no solo recibir, pero de dar, de ayudar, de aportar, de hacer el bien sin mirar a quien…

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