Opiniones y Editoriales

El Diario de Atenea

El precio de la valentía

Siempre que me preguntaban que si de niña alguna vez me había quebrado algún brazo o pierna jugando, mi respuesta era “orgullosamente” que no.Y es que desde pequeña siempre se me enseñó a ser cuidadosa, no correr tan rápido que “¡te puedes caer!” o “¡No te subas al sillón que te puedes caer! En fin, muchas de las precauciones de personas que no querían verme pasar por momentos desagradables como lo son los accidentes.

Por consecuencia, de niña y adolescente nunca practique ningún deporte extremo y tampoco jugué con los niños ya que ellos jugaban rudo y por lo general siempre se quebraban algo. No obstante, ya de mujer adulta, empecé a tomarle gusto a actividades físicas leves, como lo son el gimnasio y las caminatas por las montañas. Actividades que me daban ese lugar de comodidad para siempre estar dentro de los límites del cuidado.

Sin embargo, el pasado fin de semana tuve mi primer accidente, uno de esos que siempre evité toda mi vida. Al hacer una caminata por las montañas, me torcí mi tobillo izquierdo, y al momento pensé que la inflamación era simplemente por algún ligamento estirado.
Para mi sorpresa, después de los resultados de rayos x, me enteré que me quebré varios huesos que se conectan con el tobillo.

Regresando a la escena del accidente, varias personas que pasaban por el camino donde yo y mi familia pasamos, una persona llamó a los paramédicos que se encargan de trasladar a personas que se lastiman en esa área.
Casi una docena de paramédicos me ayudaron a bajar en una camilla más de milla y media hacía abajo de la montaña donde nos habíamos estacionado.

No estoy segura cuanto tiempo pasó, aunque después me dijeron que fueron como dos horas para bajar de donde me caí hasta abajo, pero para mí esos momentos fueron un instante y una eternidad a la vez. Durante ese momento que me bajaban de la montaña, muchos pensamientos se me vinieron a la mente. Tal como el recordar que a la niña Atenea, jamás le hubiera pasado esto, porque estaría pasando su domingo familiar en casa o a lo mucho en un parque local.

De cualquier manera, en ningún momento me arrepentí de haber tomado la decisión ese día de ir en esa aventura que me llenó de satisfacción al haber logrado subir más de 2,700 escalones, con una altitud de más de 8,000 pies de altura.

Una experiencia que sin duda alguna, consistió de esfuerzo físico, y gratificaciones emocionales y espirituales.
A lo que me lleva a pensar que ese momento de valentía como muchos más en mi vida, me han traído lamentables consecuencias como el accidente de quebrarme el tobillo.

En veces el tomar la decisión de ser valiente, tienen consecuencias positivas, pero en veces no.
Ya sea el de mudarse de su tierra natal, para buscar un mejor futuro, seguir con una relación que no se sabe si será para bien o para mal, o en mi más reciente caso, practicar una actividad física que no es tan “segura”, en cualquiera de estos escenarios, no sabemos qué puede pasar.
El precio de la valentía es que nos podemos topar con consecuencias dolorosas ya sean físicas o emocionales, pero jamás se compararan con el precio de lo opuesto, la cobardía, que jamás se sabrá o experimentaran momentos de satisfacción para el alma de saber que por lo menos se intentó algo que muchos ni se atreverán jamás.

Ahora tal vez ya no podré presumir que jamás me he quebrado un hueso de mi cuerpo, y tal vez vendrán ajustes que tendré que hacer a corto o largo plazo por mi accidente, pero ahora podré decirme a mí misma que el miedo a cualquier cosa no es lo suficientemente grande para detenerme a lograr algo.

Por ahora, estoy en el proceso de la sanción física de mis fracturas, pero en cuanto me recupere estoy lista para seguir “agarrando al toro por los cuernos” en esta hermosa aventura llamada vida…

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