Cultura

Más acá de la Frontera

Por Rosa Kwick

Por Rosa Kwick

* Un derecho inalienable

Seis de los documentos más importantes de la historia de la humanidad tales como: La Biblia, El Corán, La Carta Magna, Las Analectas de Confucio, La Piedra de Rosetta y la Declaración de Independencia de los Estados Unidos tienen algo en común y es que enuncian la palabra FELICIDAD, Thomas Jefferson escribió: “Sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales y que han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Esa palabra despierta una infinitud de reacciones emocionales en los seres humanos. Hay quienes ven la felicidad como algo imposible, hay quienes la vislumbran momentánea y quienes viven día a día en una búsqueda incesante de ese estado emocional que es el sentirse feliz. Pero ¿qué es realmente la felicidad? La respuesta la tiene cada uno de nosotros y es algo íntimo y diferente para cada quien. Para algunos son los hijos, los padres, la pareja, los logros profesionales, los logros financieros y una larga lista que no tiene fin.

Cuando empecé a escribir este artículo, mi idea era totalmente diferente al respecto de lo que significa en general la felicidad. Sin embargo y en una conversación con amigos muy queridos, sus respuestas al sentimiento que causa pensar en la palabra felicidad me llevaron a la conclusión de cambiar el tono de mis palabras. Mi amigo el señor Felipe Arjonilla, una persona a quien admiro con sinceridad, mencionó que la felicidad evoluciona y es cierto, lo que nos hacía feliz a los veinte, nos es indiferente a los cincuenta. Los objetivos para lograr la felicidad cambian conforme vamos creciendo y madurando. Mi esposo redondeo la idea al mencionar que el logro de objetivos carece de valor cuando no hay alguien con quien compartirlos.

El encuentro de la felicidad finalmente, haciendo eco a las palabras de mi amigo, debería ser los seres con quienes compartimos nuestro diario vivir. En pocas palabras, la felicidad no se basa en lo material, sino fundamentalmente en lo humano. La felicidad se anida en nuestro interior, pero algunas veces simplemente duerme y hay que encontrar la fórmula para despertarla. El mayor alimento de la felicidad es el amor que seamos capaces de brindar.

La vida es una batalla diaria y hay momentos en que sentimos que los problemas nos persiguen y las soluciones se han desvanecido. Creemos que somos los únicos que llevamos una carga muy pesada en las espaldas y la felicidad es simplemente algo inexistente; pero no es así, porque la felicidad está en nuestro interior, en el centro mismo del corazón.

Lo ideal no existe. Tal como hay situaciones que nos producen alegría, también hay desdichas que nos desalientan, pero finalmente esas malas experiencias sirven para formar el carácter, la personalidad. Los seres humanos somos un cúmulo de emociones que es lo que nos hace sui generis y la mejor especie del planeta.

Hagamos de la felicidad no algo momentáneo, sino una actitud hacia la vida. Finalmente, es nuestro derecho inalienable.
Comentarios a rokwick@cox.net

 

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